Sokol

Lupe y yo volvimos de nuestro viaje a Budapest más irritados de lo habitual. Al bajar del avión, ella dijo:

—Durante un tiempo, que corra el aire.

Y durante un tiempo, efectivamente, cada uno anduvo a sus cosas. Llevábamos casados veinte años y teníamos la sensación de haber vivido siete vidas juntos. En una ocasión, Lupe afirmó:

—No te soporto; de verdad que no te soporto.

Yo me limité a encoger los hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Los viajes, al principio, eran una válvula de escape. Hemos recorrido media Europa para sostener nuestro matrimonio, y cuando admirábamos la Torre Eiffel, o la Capilla Sixtina, o el jodido Big Ben, lo que ella y yo buscábamos era posponer los trámites del divorcio. Nos llevó algún tiempo  darnos cuenta de que, en realidad, no se puede salvar lo que ya está muerto.

A pesar de todo, Lupe y yo seguíamos casados, y de vez en cuando hacíamos las maletas y nos íbamos de viaje. En Budapest visitamos el Parlamento, la Sinagoga y la Ópera; cruzamos el Puente de las Cadenas para perdernos por las pintorescas calles de Buda; nos dejamos zarandear por las grises aguas del Danubio a bordo de una barcaza; nos zambullimos en las piscinas termales de Géllert, entre solemnes columnatas y vapores curativos; probamos la sopa gulash y el áspero licor nacional, el Palinka. La guía de viajes acabó manchada y desencuadernada, y el mapa de la ciudad era todo un pergamino.

Lupe y yo ofrecíamos la imagen de dos turistas ordinarios y felices. ¿Qué había detrás de aquella farsa? La realidad amarga; la semilla podrida con sus raíces que trepaban, enmarañándolo todo.

 

El último día en Budapest entramos a curiosear en un pequeño bazar de antigüedades. El local era una grotesca acumulación de útiles y cachivaches; un museo de la obsolescencia abarrotado de juguetes oxidados, estatuillas caudillistas, vajillas y prendas desechadas, pilas de revistas acartonadas, vestigios de la era soviética. Un microcosmos de saldo para coleccionistas y nostálgicos.

La hilera de estatuillas de Lenin, de todos los tamaños y colores, arrojaba miradas inquisitorias hacia la nada. Encontré el transistor apilado en un rincón, un modelo Sokol fabricado en la Unión Soviética, con su genuina funda de cuero marrón y en aparente buen estado. Desembolsé los cuatro mil florines que señalaba la pegatina.

Esa noche nos asomamos a la ribera del Danubio. Las barcazas avanzaban parsimoniosamente entre bucólicos reflejos. Hacía frío. Lupe preguntó si volveríamos alguna vez y yo no sé si se lo preguntaba al Danubio, a ella misma o a mí. No dije nada, en cualquier caso; me limité a encoger los hombros y eso fue todo.

Después del viaje busqué una pila para el transistor Sokol y comprobé que el aparato funcionaba, aunque no de un modo normal: las emisoras se sintonizaban muy débilmente, un hilillo de voz que crecía hasta articular un bramido contundente. Pero lo verdaderamente extraño era que todas las emisoras sonaban en lenguas extranjeras. Manipulé el dial hasta que acabé dándome por vencido. ¿A qué se debía aquello?

Cuando Lupe se iba a trabajar, yo sacaba el transistor y escuchaba esa cantinela ininteligible, esas cancioncillas y esos himnos marcadamente patrióticos. Todas las emisoras eran muy similares y los radio-locutores sonaban tensos y monótonos.

A Lupe no le dije nada sobre el asunto. Antes de que regresase, apagaba el transistor y lo devolvía al cajón. El resto del día, las voces eslavas, las cancioncillas y los himnos marciales, se quedaban incrustados en mi cabeza.

En el bar que frecuento trabaja Kristoff, que viene de una amalgama familiar de culturas del este. Le llevé el transistor y él fue identificando las lenguas mientras giraba la ruedecilla del dial:

Esto es ruso

Y esto, polaco.

Checo, no hay duda.

Y esto parece ucraniano.

Le pregunté si sabía de lo que hablaban.

De otra época, sin duda: el Partido, los Camaradas, la Unión Soviética…

Escuchamos la sintonía unos minutos, arqueando las cejas. Kristoff sugirió que podía haber un vecino retransmitiendo en onda corta viejas grabaciones de la URSS. Un nostálgico.

Pregunté en qué año estábamos.

1989, dijo.

Los días siguientes, según me quedaba solo en casa, encendía el transistor y manipulaba la ruedecilla hasta que se obraba el milagro: de la nada surgían las voces rusas, polacas, checas o ucranianas. Entonces imaginaba largos desfiles militares, amenazadores pasos fronterizos, concertinas y perros que ladran en la noche, torretas y focos que barren alambradas, espías eficientes, guardias intransigentes, prófugos desesperados y políticos irreductibles, dictadores embalsamados, cabezas nucleares, misiles atómicos y hongos humeantes.

A pesar de no entender una palabra, yo notaba a los radio-locutores muy nerviosos. Las voces sonaban atropelladas, envueltas en un halo de histerismo y alarma. Se podía palpar la tensión en esas hondas concéntricas que salían del aparato hasta llegar a mi cabeza, taladrándola. Todas las emisoras repetían una y otra vez la misma cantinela, cada una en su propia lengua, y yo era incapaz de entender a qué se referían. Necesitaba, por encima de todo, saberlo.

El viaje a Budapest fue el comienzo del fin. Mi mujer y yo abrigábamos la idea de separarnos cuanto antes, pero no nos decidíamos a dar el paso. Aquel día, sin embargo, ella vino del trabajo sonriente y me preguntó qué tal me había ido la mañana. Y me dio un beso. Yo correspondí a su beso con otro beso porque, por primera vez en mucho tiempo, quería besar a Lupe. Besar a Lupe y nada más que besarla. En efecto: besar a Lupe hasta el amanecer.

En ese momento comprendí lo que había sucedido: el muro había caído.

 

El año siguiente nos fuimos de vacaciones al Caribe. Por primera vez, sustituimos las grises ciudades europeas por soleadas playas bañadas por aguas cristalinas. Fue un cambio estupendo: en el resort, bebíamos mojitos y bailábamos bachatas hasta altas horas de la noche.

Desde que cayó el muro, no he vuelto a sacar el transistor Sokol del cajón. La sola idea me parece absurda.

 

Dedicado a Óscar R. Valladares.

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3 comentarios sobre “Sokol

  1. Muchas gracias por la dedicatoria, amigo! Me parece magistral. Ahora sé por qué te costó tanto podarlo. La idea es muy buena. La voz perfectamente adecuada a ella. Qué bien urdidas las dos referencias a caídas de muros. Enhorabuena.

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